Hoy voy a contaros una Leyenda Urbana para que paséis con El fantasma del panteón.

La abuela encendió con manos temblorosas el cirio, y entre suspiros lo colocó sobre la lápida de mármol en la que se leía el nombre de mi padre. Era la primera vez que veía su tumba. Mamá nunca había querido llevarme al cementerio.

El fantasma del panteónElla lo odiaba. Yo había fantaseado mucho sobre esa visita. Todas mis amigas habían estado alguna vez allí, pero mi madre insistía en que no era lugar apropiado para mí. No había llegado el momento. Aún no sé cómo la abuela la convenció. Cuando contemplé aquel río de tristes espumas marmóreas, sumido en un silencio atroz, deseé no haber ido nunca. Un espanto irracional me recorría la espalda. Había alguna gente a nuestro alrededor. Muchas mujeres vestían de negro y observaban los nichos con ojos perdidos. Me pregunté si serían salidos de sus tumbas.

– ¿Podemos irnos ya, abuela? – pregunté entonces.
-Voy a ponerle flores a tu abuelo, y ahora mismo nos vamos, cariño. Está en ese panteón – me dijo señalando un lúgubre edificio de puertas negras.
-¿Puedo quedarme aquí? Es que no me apetece entrar ahí. Pon las flores en mi nombre, ¿vale?

Lo cierto era que tenía pánico a entrar en el panteón. De modo que me quedé ahí sola.

La abuela tardaba. La mayor parte del cementerio se había quedado vacío y las rejas metálicas se zarandeaban al viento: tin, tin, tin.

¿Por qué hacía tanto frío? El cielo se estaba cubriendo de nubes y el ya escondía sus rayos en el horizonte.

-¡Abuela! ¿Vienes ya? – pregunté al viento. 

Nadie me contestó. Caminé unos pocos pasos hacia el oscuro edificio. Las puertas de ébano estaban entreabiertas. Cada vez oscurecía más. Temblando, deslicé mis manos entre las hojas y las abrí muy despacio. Una tenue lucecita iluminaba el espacio de piedra amplio y desierto.

-¿Abuela? – susurré cada vez más asustada.De pronto, las rejas metálicas crujieron violentamente. Me volví sobresaltada. Alguien había cerrado la puerta del cementerio. Fui hacia ella. No podía moverla. Involuntariamente, mis ojos se dirigieron a un punto aún más oscuro del camposanto. 

El terror me invadió. Del panteón vacío salía un hombre. Una capa negra resbalaba por los pálidos escalones. Sus eran blancos como el mármol. Nunca olvidaré esa mirada sin ojos. Solo un brillante se removía en las cuencas vacías de su cadavérico rostro enfurecido. Todo él parecía un esqueleto andante… Llevaba una larga guadaña en la mano izquierda… y se dirigía hacia mí mientras hacía oscilar la brillante hoja por encima de su cabeza.

Eché a correr como jamás he corrido en mi vida, con el sonido de sus pasos vacilantes en mis oídos; de un salto, trepé entre las lápidas, hasta que tropecé con la abuela y el cuidador del cementerio. Me quedé muda.

-¿Dónde has estado? Te he buscado durante media hora. ¿Por qué no has ido al panteón?
-He entrado ahí, pero no estabas – pude murmurar.
-¿Ahí? ¡Si no hay nada ahí!

Me quedé quieta como una estatua. Era verdad.

-En realidad, hace años había un panteón, pero lo derribaron. ¡Tendrías que haber visto fantasmas! – rio el cuidador.

Me callé, avergonzada y confusa. Desde entonces, no he podido entrar a un cementerio. Es superior a mis fuerzas. Ya sabéis por qué.