La santa compaña 1


La santa compaña o procesión de los muertos, en que uno ve su propio entierro, un tiempo antes de que este tenga lugar. Este fenómeno se extiende por todo el mundo aunque toma diferentes nombres. Este es un relato relacionado con La Santa Compaña:

Una mañana, cuando el otoño iba avanzando, poco después de los Santos, se sintió muy cansado. Inmediatamente intuyó la causa, aunque se cuidó de no comentarla con sus familiares. Simplemente, dijo a su mujer que no se encontraba bien y que iba a quedarse en la cama.

El día anterior había ido a visitar a unos parientes en la aldea próxima. La distancia era corta y decidió hacer el trayecto a pie. La visita se prolongo hasta bien entrada la noche. Quizá hubo unas copas de más. El aguardiente nuevo resultaba apetecible en su transparencia y considerable graduación.

Dado lo avanzado de la hora, fue invitado a pasar la noche allí. Pero rechazó la oferta consciente de que, si no regresaba crearía en los suyos la intranquilidad. Y al cruzar la fraga, entre ambos pueblos, aconteció lo inevitable.

Transcurrieron unos días y el enfermo no mejoraba. Avisaron al médico. Lo examinó concienzudamente y no halló síntoma alguno de enfermedad concreta, salvo la postración en que se encontraba, que había aumentado desde que se sintió mal.

La esposa sospechó la causa. Al principio no dijo nada, aunque sí hubo entre ella y su marido miradas de inteligencia. El médico, joven y venido de fuera, no podía entender razones que la ciencia desconoce. Se limitó a recetar reconstituyentes, buena alimentación, vida descansada y paseos al aire libre, con abandono de toda tarea que requiera esfuerzo.

Tú la has visto. La viste esa noche, cuando pasabas por el bosque, comentó la mujer, y ya sabes que tienes que unirte a ella.

El hombre, al fin, admitió que así había sido.

La noche, lo recordaba bien, era brumosa. Nieblas bajas fantasmagorizaban la vegetación, ocultando las veredas. Pero tantas veces había transitado por el lugar que podría caminarlo a ciegas, sin temor a perderse. Casi más que por las imágenes se guiaba por el olfato. La fraga, para los campesinos, tiene una variedad de olores que es posible distinguir, incluso de noche, cuando son más imprecisos.

De pronto, en la distancia, divisó unas luces oscilantes. En principio quiso no fijarse más en ellas y olvidarlas, acelerando el paso. Las retamas crujían, apenas, bajo la suela de sus tamancas. El búho cantó a lo lejos.

Por más que corría, tropezándose con la arboleda, procurando distanciarse de las luces que había divisado, cada vez las tenía más cerca. Si variaba el rumbo, decidido ya solo a huir de aquella visión, siempre la tenía próxima. Más cerca, hasta que fue presencia inmediata.

Era una fila de siluetas blanquecinas, como inmateriales. Cada una de ellas portaba una luz parpadeante. La procesión iba precedida por una figura de mayor estatura, realmente imponente en su imprecisión, pues parecía hecha de la misma niebla que anegaba todo el ámbito.

Es la estadía, pensó, convencido de que había sido sorprendido por la hueste, y nada le liberaría de ella.

Transcurría el macabro desfile. Únicamente siseos, acaso del viento frío que se había levantado, podía escucharse. Alguien le había contado en su niñez, que la compaña se anunciaba con sones lúgubres de badajo sobre bronce rajado. En su visión, ni siquiera esa referencia tenía.

Contó, entre temblores, no menos de dos docenas de caminantes. Cuando pasaban a su lado veía que no tenían rostro. Aquellos bultos, imposibles de ser tocados, aunque venciendo el miedo extendió los brazos con esa pretensión, eran muchos y uno mismo. Los hachones encendidos que portaban permitían ver la frente monda , los ojos vacíos, los pómulos salientes, la imaginaria sonrisa macabra de una boca sin labios, bajo un agujero donde estuvo la nariz.

Las piernas flojeaban, y un sudor frío invadía todo su cuerpo, bajo la pelliza que lo cubría. Se sintió como clavado en la tierra y hasta le pareció que la humedad traspasaba su calzado y los pies estaban en un tenue chapoteo.

La fragancia del campo fue anegada por el olor a la cera. La hueste serpenteaba y las siluetas, caminando directamente hacia los troncos robustos, no se estrellaban, sino que parecían traspasarlos, como inmateriales que eran.

De pronto su estremecimiento llegó al límite de la consciencia. La procesión redujo su paso y le permitió ver que cuatro de las siluetas portaban un ataúd destapado. En su interior iba un difunto. Y el difunto, no le cabía duda, tenía su mismo rostro, sus ropas, todos sus detalles personales. El difunto, lo creyó firmemente, era él mismo.

Incapaz de moverse, aunque ya hacía tiempo que la procesión fantasmal había desaparecido, permaneció en el mismo lugar hasta el alba. Cuando recobró la consciencia, la claridad aun imprecisa del nuevo día comenzaba a colarse por la espesura. En su mano tenía un caldero rebosante de agua. Y dentro, un objeto que tembloroso, tomó en su mano. Era un hisopo, como el que el abad utilizaba para asperjar los féretros en el camposanto, al concluir los responsos en un entierro.

Abrió bruscamente sus manos y el contenido del caldero se derramó sobre los helechos. El hisopo rodó, hasta estrellarse contra un árbol. Hizo un ruido sordo, como si se quebrara.

Comprendió que su gesto era inútil, ya que, aunque abandonara estos objetos, en su mente siempre le acompañarían, de manera que, en adelante, se vería imposibilitado de asir cualquiera otra cosa; todas le parecían la misma, aquella que había abandonado en el bosque.

Unos dijeron que era la tisis galopante. Otros hablaron de anemia perniciosa. Para el médico, los síntomas eran en efecto, propios de la anorexia. El enfermo perdió el apetito. De poco sirvieron los halagos familiares, en forma de viandas costosas, propias únicamente de las fiestas patronales.

Le recomendaron vinos generosos, baños termales. Hubo quien optó por que visitara a la saludadora o acudiera en romería a este santuario o aquel santo milagreiro. Todo fue inútil. Lo llevaron a Compostela, para ser examinado por las eminencias médicas de la Universidad. Hasta lo trataron especialistas extranjeros, ocasionalmente en la ciudad del Apóstol con motivo de un congreso internacional.

El enfermo de nada concretable estaba cada vez más decaído. Mostraba un único deseo: acudir solo, noche tras noche, a la fraga de aquella jornada fatal en la que comenzaron sus males. Sólo su mujer y alguna vieja del lugar comprendían la intención del malpocado.

Se trataba, nada menos, que de esperar a otro caminante que también contemplara la procesión fantasmal, y entregarle los trebejos que él había recibido. Únicamente así se libraría de lo que era irremediablemente: incorporarse a la Santa Compaña.

Pasó el invierno. En la casa del integrado a la hueste no hubo alegrías navideñas. Sus salidas nocturnas se espaciaron, a medida que las fuerzas precisas para ello se agotaban.

Se atrevió a caminar , casi sin aliento, hasta el atrio de la iglesia, donde sabía que se citaban las almas en pena y se formaba el desfile. Repetidas hizo el trayecto sin éxito.

Al fin, una noche en que soplaba el viento muy fuerte y sentía su enjuta anatomía traspasada de fríos y humedades, la vio de nuevo. Decidió contemplarla con toda la serenidad de que era capaz, ahora que ya nada tenía remedio.

Fueron más o menos, las mismas filas. Enorme la estadía, al frente. Iguales, imprecisas, todas las demás incorpóreas criaturas. Exacto el ataúd, con su cuerpo, en cuyo rostro se marcaban, como acontecía en la realidad cotidiana de su triste existencia, las huellas de la demacración progresiva.

Le pareció que los portadores del féretro hablaban, para confirmarle que, en efecto, era él, aquel difunto que llevaban, ya que no había hallado, en sus muchas noches de búsqueda infructuosa, a quien darle el relevo para incorporarse a la compaña.

Brotaban los centenos, en la todavía no asentada primavera, cuando falleció. Su apariencia era exigua. No tenía más que piel y huesos. En los últimos tiempos decidió no afeitarse, para no verse tal como se había contemplado en el ataúd de la noche en la fraga.

En abad recriminó a los viejos que susurraban, casi con descaro, que aquel hombre era difunto mucho antes de que así lo certificara el médico. Rezó más responsos de lo acostumbrado y hasta recitó latines que los feligreses no habían escuchado nunca. Un mozo que había estudiado en el seminario comentó que eran fórmulas exorbitantes, lo que no pocos, no entendieron. Lo cierto es que parientes y vecinos, concluida la ceremonia fúnebre, regresaron a sus casas y aquella noche estuvo desierta la taberna de la aldea, siempre tan concurrida hasta por lo menos las diez.

Una nueva carretera obligó a talar, en buena parte, la fraga situada en las proximidades de la aldea. Sólo quedaron cuatro carballos a ambos lados de la franja pavimentada, por la que discurrían, demasiado veloces automóviles y motocicletas. De todos modos, el vecindario del lugar aceleraba siempre su vehículo cuando era preciso transitar por lo que, antaño, fue bosque poblado.

Hoy nadie recuerda con detalle los últimos tiempos de la vida de aquel difunto. Sus contemporáneos han fallecido también, y las nuevas generaciones están atentas a otras cosas.

Dicen que la Santa Campaña ha desaparecido para siempre. Que eso es cosa de gentes ignorantes, incompatible con la cultura. Lo cierto es que, por si acaso, muchos de los vecinos de la aldea, siguen acudiendo a determinadas romerías y ofreciéndose a santo protector. Y que, ya no a pie, claro está, sino en coche, viajan al lejano santuario de San Andrés de Teixido, porque allí, ya se sabe, va de muerto el que no ha ido de vivo.

No será verdad. Pero, por un lado, no me atrevería a negarlo. Y por otro, ¿qué quieres que te diga?